Saber que está

A veces amanece y uno no abre la persiana. No porque quiera seguir durmiendo, sino porque la mañana parece exigir algo para lo que todavía no está preparado. Entonces el cuarto permanece igual: la ropa sobre la silla, el vaso de la noche anterior, el teléfono boca abajo y esa oscuridad extraña que a las diez ya empieza a sentirse un poco artificial. Sin embargo, por alguna rendija siempre entra una línea de luz. Cruza el piso, toca una pata de la cama y se queda ahí, como si el día no necesitara nuestro permiso para empezar.

Hay épocas en las que existir se reduce a pruebas bastante pobres. Una toalla húmeda porque finalmente nos bañamos. Un plato en la pileta porque comimos algo. Un mensaje respondido después de haberlo mirado durante horas sin saber qué decir. El cuerpo sigue dejando rastros por la casa mientras uno, desde algún lugar un poco más lejano, intenta recordar para qué hacía todas esas cosas.

Dostoyevski escribió que, aun atormentado, existía. Que podía ver el sol y que, si no lo veía, sabía que estaba ahí. No dijo que el dolor fuera necesario ni que escondiera una enseñanza. Tampoco prometió que al final todo tendría sentido. Dijo algo bastante más humilde y, quizá por eso, más difícil de aceptar: el sufrimiento podía ocuparlo todo, pero no podía borrar el hecho de que él todavía estaba.

Pero existo.

A veces parece poco. Sobre todo cuando estar no se parece demasiado a vivir; cuando las horas pasan sin dejar nada, el cuerpo pesa más de lo que debería y hasta nuestra propia voz en un audio suena como la de alguien a quien conocimos hace mucho. Uno quisiera sentir esperanza, no simplemente recordar que alguna vez la sintió. Quisiera abrir la ventana y que entrara algo más que aire. Pero hay días en los que no se puede vivir de lo que se siente. Hay que vivir de lo que uno sabe.

Sabemos, por ejemplo, que ya hubo otras noches que parecían definitivas y después terminaron. Que hubo dolores a los que les dimos todos los nombres posibles porque creíamos que iban a quedarse para siempre y que, sin darnos cuenta, un día dejamos de nombrar. No porque se hubieran ido del todo, sino porque entre ellos y nosotros empezaron a aparecer otras cosas: una conversación cualquiera, el hambre volviendo a horario, una canción que no dolió como la vez anterior. Cosas pequeñas, casi ofensivas frente a una tristeza tan grande, pero que fueron haciendo lugar.

Tal vez por eso, cuando alguien que nos quiere nos encuentra así, no siempre hace falta que diga algo. A veces alcanza con que deje un vaso de agua sobre la mesa, retire el plato de ayer y abra apenas la persiana antes de irse. Sólo para dejar una rendija. Para que, si en algún momento levantamos la cabeza, haya algo distinto de la oscuridad que nosotros mismos cerramos.

Porque uno también puede olvidar el sol. Puede pasar tanto tiempo encerrado en lo que le duele que termina creyendo que el mundo adquirió la forma de ese cuarto. Que siempre fue así. Que afuera no hay nada o, peor todavía, que lo que haya ya no le pertenece. Y quizás no podamos convencernos de lo contrario en ese momento. La única certeza posible es esa línea de luz sobre el piso, avanzando unos centímetros mientras pasan las horas.

El sol no pregunta si estamos bien. No espera que hayamos entendido algo. Sale sobre las casas donde alguien acaba de enamorarse y sobre aquellas donde alguien no pudo levantarse de la cama. Ilumina con la misma indiferencia una mesa puesta y un comedor vacío. Puede parecer cruel, pero también hay algo bueno en eso: no tenemos que merecerlo. Ni siquiera tenemos que verlo.

Esa tarde abrí la persiana sólo un poco. La habitación siguió desordenada, los mensajes continuaron sin respuesta y yo no sentí que nada se hubiera acomodado de golpe. La luz cayó sobre la cama y dejó ver el polvo moviéndose despacio, suspendido en el aire. Me quedé mirándolo un rato, sin pensar demasiado.

Después agarré el vaso y fui a llenarlo.

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