La verdadera.

Hay una crueldad bastante absurda en nuestra manera de querer a los demás: muchas veces somos más sinceros con una habitación vacía que con la persona que tenemos enfrente.

Discutimos, nos defendemos, buscamos la frase que más duele y la decimos con una precisión que después nos avergüenza. "Hacé lo que quieras". "Me da lo mismo". "Andate". Y mientras la otra persona junta sus cosas, mientras busca las llaves o se pone una campera sin mirarnos, una parte de nosotros espera algo completamente distinto. Que se dé vuelta. Que entienda que no era eso. Que atraviese nuestras palabras y encuentre, debajo de toda esa mierda, lo que realmente estábamos tratando de decir.

Pero no siempre pasa.

A veces la puerta se cierra.

Y uno se queda ahí, con toda la razón del mundo y una casa un poco más vacía.

Creo que hay pocas cosas más humanas que esa contradicción. Podemos pasar años queriendo a alguien y, sin embargo, volvernos completamente torpes justo cuando más importa. Sabemos cómo toma el café, qué canción cambia cuando aparece en la radio, de qué lado de la cama duerme y qué cara pone unos segundos antes de llorar. Podríamos reconocer sus pasos entre cien personas. Y aun así, cuando llega el momento de decir "tengo miedo de perderte", decimos cualquier otra cosa.

Quizás porque el amor cotidiano es sencillo. Alcanzar una manta. Guardar la última porción. Mandar un mensaje para saber si llegó bien. Comprar algo en el supermercado porque lo vimos y pensamos en esa persona. Hay una intimidad silenciosa en esos pequeños gestos que parece suficiente mientras todo está bien.

El problema empieza cuando hay que ponerles palabras.

Porque decir "te quiero" puede ser fácil un martes cualquiera. Lo difícil es decir "te necesito" cuando acabamos de sentirnos rechazados. Decir "me dolió" antes de convertir el dolor en bronca. Decir "perdoname" cuando todavía creemos tener argumentos para defendernos. Decir "no quiero que esto termine" mientras el orgullo nos susurra que quien ruega pierde.

Entonces callamos.

O peor: hablamos.

Decimos exactamente lo contrario de lo que sentimos y después esperamos que el otro tenga la paciencia, el amor o alguna especie de don sobrenatural para traducirnos. Como si detrás de un "dejame en paz" fuera evidente que hay alguien pidiendo que se queden. Como si el silencio tuviera subtítulos.

Y quizá durante un tiempo funciona. Hay personas que aprenden nuestro idioma roto. Saben cuándo insistir, cuándo abrazarnos aunque endurezcamos el cuerpo, cuándo un "no pasa nada" significa que pasa todo. Pero incluso ellas se cansan. Incluso quien más nos conoce puede, alguna vez, creer en lo que decimos.

Eso también es terrible: descubrir demasiado tarde que el otro nos tomó en serio.

Porque después, cuando la discusión terminó y ya no hay nadie enfrente contra quien defenderse, la verdad aparece con una facilidad insultante. Caminamos por la casa y encontramos su taza. Abrimos un cajón y todavía hay algo suyo. Escuchamos una canción que habríamos cambiado si hubiera estado ahí. Y entonces tenemos la conversación perfecta.

Ahora sí sabemos qué decir.

Ahora sí podemos admitir que aquella noche no queríamos ganar la discusión. Queríamos que nos abrazaran. Que cuando dijimos "andate" estábamos aterrados de que pudiera hacerlo. Que todo ese enojo escondía una pregunta mucho más pequeña y mucho más difícil de pronunciar: ¿todavía me querés?

Pero hay respuestas que llegan cuando la pregunta ya no sirve.

Hay hijos que entienden a sus padres cuando ya no pueden sentarse a hablar con ellos. Personas que duermen durante años al lado de alguien a quien aman y se convencen de que habrá otra noche, otro desayuno, otra oportunidad para decir eso que vienen postergando.

Hasta que no la hay.

Y ahí uno comprende algo que debería haber sido obvio desde el principio: sentir algo no garantiza que el otro lo sepa.

Podemos amar profundamente a alguien y hacer que se sienta poco querido. Podemos necesitar a una persona y conseguir que crea que su presencia nos molesta. Podemos estar muertos de miedo y parecer indiferentes. El amor que llevamos adentro y el amor que somos capaces de hacerle llegar al otro no siempre son la misma cosa.

Quizás por eso se pierde tanto en el camino.

Qué tragedia tan humana esa de decir lo que no sentimos justo cuando más sentimos, y callar lo único que, dicho a tiempo, podría habernos salvado.

Y tal vez algunas personas permanecen tanto tiempo dentro nuestro por eso. No necesariamente porque todavía queramos volver, ni porque la historia pudiera haber terminado de otra manera.

A veces permanecen porque se llevaron, sin saberlo, una versión equivocada de lo que sentimos por ellas.

Y nosotros nos quedamos acá.

Con la verdadera.

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