La asimetría.

Es raro cómo recuerda el cuerpo.

A uno pueden abrazarlo cien veces y aun así recordar con más claridad el único día que lo empujaron. Como si hubiera algo en nosotros diseñado para conservar el golpe más que el cuidado. El cachetazo más que la caricia.

Hasta cierto punto, tiene lógica.

Durante miles de años sobrevivimos gracias a eso. El tipo que se olvidaba dónde estaba el peligro terminaba muerto. El que se olvidaba de algo lindo… bueno, no pasaba demasiado. Entonces el cerebro aprendió a grabar el miedo a fuego. Lo malo importaba más porque necesitaba importar más.

El problema es que seguimos funcionando así incluso ahora.

Por eso una frase cruel puede tapar meses enteros de amor. Por eso una traición alcanza para volver sospechoso todo lo demás. Por eso hay gente que hizo mil cosas bien y aun así vive perseguida por un error como si toda su vida fuera solamente eso.

Es una asimetría rarísima. Lo bueno acompaña. Lo malo invade.

Y a veces uno ni se da cuenta de cuánto le entrega el relato de su vida a la peor cosa que le pasó. Como si el dolor automáticamente tuviera más autoridad. Más verdad. Más peso específico.

Capaz por eso cuesta tanto confiar después de ciertas heridas. Porque el cuerpo aprende rápido. Aprende que el golpe llega. Aprende que relajarse puede salir caro. Entonces incluso cuando algo bueno aparece, una parte tuya sigue esperando el ruido de la puerta cerrándose.

Y es injusto, porque también hubo otras cosas.

Hubo gente buena. Hubo abrazos reales. Hubo noches tranquilas. Hubo conversaciones que salvaron días enteros sin hacer demasiado ruido.

Pero esas cosas casi nunca dejan cicatriz.

Y el cuerpo, lamentablemente, parece recordar mejor las cicatrices que las manos que intentaron curarlas.

A pesar de todo eso, hay gente que sigue eligiendo abrazar después del empujón. Que sigue confiando después de que le fallaron. Que sigue dejando entrar al otro aunque cada parte del cuerpo le diga que tenga cuidado.

Y eso también dice algo sobre cómo somos.

No solo grabamos el golpe. También, aunque nos cueste más, elegimos volver a tender la mano. Una y otra vez. Como si algo adentro supiera, aunque el cuerpo no lo archive bien, que los abrazos también fueron reales. Que las noches tranquilas también existieron. Que las conversaciones que salvaron días enteros también contaron.

Capaz ahí está la única salida. No esperar que el cuerpo aprenda a ser justo solo. Sino recordar, deliberadamente, lo que no deja cicatriz. Ponerle nombre. Darle peso.

Porque lo bueno también pasó. Aunque no haya dejado marca.

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