Hay un actor que hace unos años parecía terminado. No terminado como se dice livianamente, no como una frase de revista o de sobremesa, sino terminado de verdad, al menos para esa maquinaria que primero te sube, después te mira caer y finalmente decide si todavía servís para algo. Había perdido la carrera, las películas, el dinero, la confianza de casi todos. Había estado preso. Había salido. Había vuelto a entrar. Era esa clase de historia que en Hollywood se cuenta en pasado, con un poco de pena y un poco de morbo, como si la caída de otro fuera también una forma de entretenimiento.
El que le tiró la cuerda fue otro actor que tampoco estaba parado en lo más alto. Un tipo con sus propias caídas, con su propia mala prensa. Un creyente, además, de los que creen en serio; aunque lo que le ofreció no fue una conversión ni una receta. Le dijo que buscara su propia fe. Que no tenía que ser la de él ni la de nadie, mientras estuviera enraizada en algo: el perdón.
Mel Gibson le dijo a Robert Downey Jr. que tenía que abrazar el cactus.
Hay algo en esa imagen que se queda. Porque uno pasa años creyendo que sanar es deshacerse de algo, como si el trabajo fuera arrancar una página del libro propio y cerrarlo más limpio. Como si el dolor se pudiera tirar a la basura y la persona que uno fue en esos años se pudiera dejar atrás como ropa vieja. Pero no funciona así. Lo que uno no mira igual escribe desde abajo. Lo que uno no acepta igual dirige. Vuelve en una bronca que no entendés, en una tristeza que aparece cuando todo parecía estar bien, en la forma en que te defendés antes de que alguien te ataque. Vuelve en ese miedo absurdo a estar en paz, porque uno pasó demasiado tiempo esperando el próximo golpe.
Entonces te das cuenta de que seguir no alcanzaba. Seguir es necesario, sí, pero también puede ser una forma elegante de escaparse. Uno sigue trabajando, sigue hablando, sigue saliendo, y desde afuera parece que está todo más o menos ordenado. Pero por dentro hay una parte que quedó sentada en el barro, esperando que alguien vuelva a buscarla. Y ese alguien, por más injusto que suene, casi siempre termina siendo uno.
Abrazar el cactus no es romantizar el dolor. No es decir «qué bueno que pasó», porque algunas cosas no fueron buenas. Algunas fueron una mierda. Hay decisiones malas, hay noches feas, hay versiones de uno que dan vergüenza. No todo lo que rompe enseña en el momento, y no toda herida trae una moraleja escondida abajo del brazo. A veces primero rompe. Después, mucho después, si uno tiene suerte y algo de humildad, recién ahí puede mirar el desastre sin confundirse del todo con él.
Es poder acercarse a esa zona menos presentable, a esa versión que hizo lo que pudo con lo que tenía aunque lo que tenía no alcanzara, y decir: sí, esto también fui yo. Esto también pasó. Esto también me pertenece, aunque todavía me duela tocarlo.
Pero reconocer no alcanza si uno sigue siendo el juez. Porque hay una diferencia enorme entre ver la parte fea y perdonársela; entre aceptar que pasó y dejar de cobrársela todos los días. Quizás eso era lo que Gibson le estaba señalando cuando le habló de buscar una fe: no una doctrina, no un nombre de Dios en particular, sino una raíz. Algo desde donde pararse que no fuera el desprecio hacia uno mismo.
Hay algo muy cruel en intentar salvarse desde ahí. Uno puede exigirse, cambiar, hacerse cargo, empezar de nuevo, pedir perdón, hacer todo lo que haya que hacer. Pero si recorre todo ese camino desde el asco hacia sí mismo, tarde o temprano vuelve al mismo lugar. Porque no está creciendo; está escapando con mejor discurso.
Nadie abraza una espina porque le parezca linda. La abraza porque entiende que seguir rodeándola le está marcando demasiado el camino. La abraza con cuidado, sabiendo que pincha, sabiendo que no va a salir ileso. Y lo que Gibson le prometió no fue que iba a salir completo. Fue algo más honesto, más modesto: que iba a volverse un poco más humilde, y que la vida iba a empezar a tener otro sentido.
A veces eso alcanza.
Hay una última parte de la historia que me gusta todavía más. Lo único que Gibson le pidió a cambio fue que algún día, de alguna forma chica, ayudara al próximo que estuviera en el barro. No sabía que el próximo iba a ser él mismo. Y años después, parado frente a la misma industria que le había dado una segunda vida, Downey usó ese momento para pedirle perdón a esa industria por Gibson, que en ese entonces era el siguiente en necesitarlo.
El círculo se cerró en escena.
Eso también forma parte de abrazar el cactus, creo. Que no es un acto que queda encerrado en uno. Que cuando uno aprende a tocar con más cuidado lo que antes lo destruía, algo cambia en la forma de mirar al otro. Empieza a reconocer el barro. Empieza a saber, sin que nadie lo diga, cuándo alguien está sentado ahí adentro esperando que alguien vuelva a buscarlo.
Y a veces ese alguien podés ser vos.
Deja un comentario