Sin dudas el amor es una emoción delicada y poderosa que puede traernos alegría y sentido a nuestras vidas, y a la vez, casi de forma contradictoria, es un recordatorio de la naturaleza efímera de la vida.
Las relaciones, por más fuertes y apasionadas que sean, pueden llegar a su fin, dejándonos con recuerdos amargos y una nostalgia por lo que alguna vez fue. A veces ese final es largo, extendiéndose más de la cuenta, pues el amor sigue ahí tan fuerte como al principio. O, quizás, más aún. Pero el desgaste, las peleas, las inseguridades de cada uno y, por sobre todas las cosas, el miedo, lo hacen de un amor casi imposible de llevar.
¿Cómo empezar de cero, cuando el camino ya fue mal pavimentado? ¿Cómo volvemos a confiar, después de lastimarnos tanto?
Y a pesar del dolor y el corazón roto de un amor perdido, siempre nos queda lo real y significativo que este fue. Nos moldé, nos enseñó, nos trajo felicidad y crecimiento. Nos hizo mejores de los que éramos. Nos curó, cuando más lo necesitábamos.
A veces nos quedamos atrapados en nuestros propios miedos, viviendo en la memoria de un amor que nunca llegó a ser lo que podía. Viviendo la incertidumbre del “Y qué tal si?”
El amor solo no alcanza. No alcanza si no hay disposición para crecer juntos, para tolerar las diferencias, para enfrentar los miedos en lugar de huir de ellos. El amor es el punto de partida, no el destino.
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