Cicatrices.

Hay una diferencia enorme entre recordar y seguir atado. Entre haber sido herido y seguir viviendo como si esa herida todavía tuviera derecho a decidir por vos.

Soltar el pasado no es olvidarlo. No es fingir que no dolió. No es borrar lo que pasó ni hacer de cuenta que uno salió intacto. Es otra cosa: aceptar que hubo marcas, pero dejar de darles el mando.

Porque las cicatrices quedan. Algunas se ven. Otras no. Algunas cierran prolijo. Otras tiran cada vez que cambia el clima del alma. Pero muchas veces lo más pesado no es la marca en sí, sino lo que uno aprende a creer por llevarla.

A veces las cicatrices no solo recuerdan lo que dolió. También empujan la mentira de que hay algo fallado en uno. Como si haber sido heridos nos hubiera vuelto menos. Menos valiosos. Menos dignos. Menos merecedores de amor. Como si la marca fuera prueba de insuficiencia, y no la consecuencia de haber atravesado algo que dolió de verdad.

Y no.

Una cicatriz no te vuelve menos. No te quita valor. No habla de una falla en vos. Habla de una herida, de una caída, de una pelea, de algo que te tocó lo suficiente como para dejar huella. Pero la huella no es una condena. No es una vergüenza. No es prueba de que no valés. Es prueba de que viviste algo y de que seguiste después.

Sería una pena vivir sin cicatrices. Una vida sin cicatrices sería una vida sin entrega verdadera, sin riesgo real, sin amor de verdad, sin pérdidas que importaran, sin nada que te hubiera atravesado lo suficiente como para dejarte marca. Las cicatrices muestran una vida vivida. Hablan de lo que importó. De lo que dolió. De lo que valió tanto que dejó huella. Una vida impecable puede verse más limpia, pero también sería más vacía, más tibia, más ajena.

Las cicatrices no son señal de debilidad. Son exactamente lo contrario. Son la evidencia de que algo dolió y no te destruyó por completo. De que hubo golpes, hubo noches, hubo cosas que partieron algo adentro, y aun así no se llevaron todo. Quedaste marcado, sí. Pero no desapareciste.

Soltar es tambien dejar de mirar las cicatrices como prueba de que algo en uno está mal. Dejar de leerlas como si hablaran de poco valor. Entender, de una vez, que no te hacen menos. Que no te vuelven indigno. Que no te quitan peso, ni verdad, ni derecho a ser amado.

Soltar el pasado es dejar de vivir como si tus cicatrices todavía tuvieran derecho a frenarte. Van a estar ahí.

Y qué pena sería una vida sin cicatrices. Porque son la prueba de una vida plenamente vivida

Deja un comentario