A veces se cree que meterse para adentro da miedo por lo que uno puede encontrar. Como si allá abajo hubiera algo monstruoso. Algo demasiado oscuro. Pero para mí, lo que más duele no es encontrar algo raro. Es empezar a sentir que se afloja la persona que fuiste armando para aguantar.
Porque hay cosas que uno defiende como si fueran parte de su identidad, y capáz nunca fueron identidad. Fueron recursos. Formas de sobrevivir. Maneras de no quedar tan expuesto. De no necesitar demasiado. De endurecerte justo a tiempo. De cerrarte antes de que te lastimen. De parecer entero aunque por dentro ya vinieras medio roto.
Y lo jodido es que todo eso, en algún momento, sirvió. No apareció porque sí. Nació porque hizo falta. Porque había que seguir. Porque con algo había que llegar hasta el día siguiente. Entonces claro que mirar de verdad para adentro desordena. Porque no solo aparecen heridas. También empieza a tambalear esa estructura.
Capáz por eso tanta gente frena justo antes de cambiar en serio. No porque no quiera estar mejor. Sino porque por momentos se siente más como derrumbe que como transformación. Como si te estuvieran sacando una pared interna y todavía no hubieras aprendido a mantenerte de pie sin eso.
Esa versión tuya hizo lo que pudo. Te sostuvo con las herramientas que tenía. No vino a arruinarte la vida. Vino a evitar que te rompieras del todo. El problema es que hay defensas que sirven para sobrevivir, pero no para vivir.
Y llega un punto en que seguir aferrado a eso también cansa. También ahoga. También te deja solo, incluso cuando estás con alguien. Entonces capáz el descenso interior no es el problema. Capáz es la única salida que vale.
Deja un comentario