Durante mucho tiempo pensé que cambiar el mundo era hacer algo enorme. Una acción concreta. Una pelea. Una conquista. Como si hiciera falta volverse alguien imposible de ignorar, romper todo, dejar una marca evidente, para recién ahí poder decir que uno había movido algo de lugar. Pero ya no estoy tan seguro. Cada vez me pesa más la idea de que cambiar el mundo no era eso, o no solamente eso.
Cambiar el mundo era antes que nada, estar. Quedarse. Aparecer igual. Sostenerse incluso cuando todo alrededor te empuja, con mayor o menor sutileza, a correrte, a bajar el volumen, a volverte más aceptable. Como si pertenecer dependiera de renunciar a algo tuyo. Como si para ser querido, tomado en serio o simplemente tolerado, hubiera que editarse un poco, limarse un poco, mentirse un poco.
Y creo que ahí es donde empieza a pudrirse algo. Porque uno pasa tanto tiempo escuchando lo que debería ser, lo que tendría que mostrar, lo que conviene esconder, que a veces termina sintiendo vergüenza de lo más verdadero que tiene. De su forma de sentir, de pensar, de mirar las cosas. De eso que justamente lo vuelve distinto. Entonces empieza a disfrazarse para no incomodar. A actuar versiones más prolijas de sí mismo. A pedir perdón, incluso sin decirlo, por ocupar el lugar que ocupa.
Pero cambiar el mundo nunca fue imponerse sobre él. Fue no dejar que te deforme. No dejar que te arranque lo que sos para reemplazarlo por algo más cómodo para los demás. Seguir viviendo con tu cara, con tu verdad, con tus rarezas, con todo eso que más de una vez te hicieron sentir que estaba mal. Y seguir haciéndolo aunque te miren raro, aunque te juzguen, aunque te quieran meter en fila. Aunque el mundo entero te empuje a moverte. Es tu deber plantarte y decir: «No. Movete vos».
Porque cuando alguien no se mueve de ahí, algo pasa. Aunque no se vea enseguida. Aunque no haya ruido. Aunque nadie lo nombre. Hay algo que empieza a correrse. Algo que se resiste a seguir siendo igual. Porque una persona siendo realmente quien es, sin pedir permiso, sin avergonzarse, sin alinearse por miedo, tiene más fuerza de la que parece. No por violencia. No por grandilocuencia. Sino porque obliga al mundo a convivir con una verdad que no pudo domesticar.
Cambiar el mundo no es hacer una revolución de las que se anuncian, sino resistir lo suficiente sin traicionarse. Permanecer. No ceder del todo. No volverse falso para encajar. Si suficiente gente hiciera eso, si suficiente gente se plantara en su propia verdad y dejara de correrse para entrar en moldes ajenos, entonces el cambio no sería una promesa lejana ni una fantasía heroíca. Sería una consecuencia.
El mundo cambia así. No cuando alguien lo domina, sino cuando ya no puede doblar a los que se negaron a dejar de ser quienes eran.
Deja un comentario