A veces uno cree que la fe es una decoración. Una frase colgada en la pared. Una palabra linda, bien dicha, bien puesta, como si eso alcanzara para sostenerse cuando todo adentro se empieza a mover. Pero no. La fe de verdad no entra por los ojos. No se compra, no se cuelga, no se acomoda. La fe pasa por otro lado. Por el corazón cuando todavía puede sentir sin cerrarse. Por la cabeza cuando deja de ser un campo de guerra. Por las tripas, que casi siempre entienden primero lo que uno tarda meses en aceptar.
Y el problema nunca fue no tener con qué creer. El problema fue todo lo que se nos junta adentro. Toda la mugre. Toda la vergüenza que uno no cuenta. Todo el miedo a no ser suficiente. Con eso adentro, uno no avanza limpio. Avanza como puede. Y muchas veces ni siquiera es la vida la que te frena. Sos vos, hecho un nudo, poniéndote en el medio de tu propio camino.
Llega un punto en que cansa. Cansa discutir con la propia cabeza. Cansa sentir que uno siempre tiene que demostrar algo para merecer un poco de paz. Y en medio de ese cansancio aparece una idea chiquita, pero feroz. La posibilidad de creer que uno vale incluso cuando no gana. Incluso cuando no brilla. Incluso cuando no logra lo que esperaba.
Y eso cambia todo. Porque entonces la pregunta deja de ser qué conseguí, cuánto rendí, cuánto impresioné. Y pasa a ser otra. Mucho más desnuda: si yo no hiciera nada extraordinario, ¿seguiría mereciendo amor? Si me vieran roto, confundido, incluso culpable, ¿seguiría siendo digno de ternura?
Yo creo que sí. Y no porque suene lindo decirlo, sino porque la alternativa es demasiado cruel. Creer que importamos solo cuando funcionamos bien es una condena.
Por eso la esperanza no es ingenuidad. No es optimismo barato. La esperanza, cuando es real, se parece más a una terquedad. A una pequeña rebelión interna. A decir: sí, vi lo peor; sí, me vi mal; pero aun así no acepto que eso sea el final de la historia.
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