Lo raro no es conectar con alguien. Lo raro es conectar sin motivo.
No hay que pensar qué decir, no hay que buscar entrada, no hay que remar. La conversación sale. El humor aparece. El silencio no incomoda. Y eso es raro, porque no viene de «nos conocemos hace años» ni de una historia larga. Viene de otro lado. Como si algo se reconociera antes de que llegue la explicación
Yo lo llamo resonancia.
Porque con ciertas personas no sentís que estás armando un vínculo. Sentís que lo estás recordando. Y no lo digo como frase linda. Lo digo porque se siente así: como si el cuerpo dijera «acá sí» antes de que tu cabeza alcance a ponerse a favor o en contra.
Y existe lo contrario. Gente con la que no podés ni arrancar. Y no porque te hayan hecho algo. A veces ni siquiera hablaron y ya está esa incomodidad. Ese «no» del cuerpo. Lo decís fácil: «no hay feeling». Pero por dentro es más crudo: es resistencia. Es querer acortar distancia, cerrar, irse. Y muchas veces no hay un motivo para señalar. Solo está.
La resonancia no solo facilita: te ordena. Te baja la guardia sin dejarte expuesto. Te vuelve más vos. No estás calculando si quedás bien, si decís lo correcto, si la energía da o no da. Estás ahí. Presente. Y cuando eso pasa, lo notás por contraste: porque no hay tensión de fondo, no hay actuación, no hay ese cansancio de estar sosteniendo la interacción.
Esto se mete en todos lados. Amigos que entran y se quedan. Amistades que duran lo que dura un momento perfecto. Amores que te caen como un rayo. Amores de a ratos. Personas con las que todo es remar, y personas con las que todo fluye sin que tengas que actuar.
Y a veces pasa algo todavía más raro: vínculos que casi no existen, que quedan suspendidos durante años. Sostenidos por migajas, ver al otro de lejos, lo que sube, un rastro mínimo, y un día, sin aviso, hablás… y la charla sale como si nada. Como si hubieran sido amigos de toda la vida. Como si el tiempo no hubiera podido con eso.
Quizas el tiempo no siempre manda tanto como creemos. Quizas hay conexiones que no se gastan, solo se quedan quietas. Y que cuando vuelven, no vuelven «de cero». Vuelven donde se habían quedado, como si el mundo no hubiera pasado por encima de eso.
Entonces sí: resonancia. No en modo místico. En modo real. Hay presencias que ordenan y presencias que te desordenan. Presencias que alivian y presencias que drenan. Y cuando aparece la resonancia, se siente como estar donde tenés que estar con quien tenés que estar.
Deja un comentario