Muchas veces convertimos un instante en un veredicto. Como si una caída explicara toda tu vida. Como si eso fuera todo lo que sos.
Nos fascina la etiqueta. La sentencia. Reducir a alguien a una palabra, como si eso nos diera control. Y lo raro es que todos sabemos lo que es estar mal. Todos sabemos lo que es tener la cabeza en cualquier lado, el cuerpo en modo supervivencia. Todos sabemos lo que es hacer algo que después te da vergüenza.
Todos, en menor o mayor medida, estuvimos ahí. En esa versión nuestra que no nos representa, pero existe. En ese día en el que no estabas eligiendo con claridad: estabas reaccionando.
Pero la pregunta real no es “¿qué hiciste en tu peor momento?”. La pregunta es qué hacés después, cuando aparece una segunda oportunidad. Ahí no se actúa. No cuando estás brillante. Sino cuando estás roto, cuando te comiste el golpe, cuando te quedaste sin excusas y aun así elegís hacerte cargo.
A veces la segunda chance no llega. No porque seas irrecuperable, sino porque hay cosas que no se pueden deshacer. Hay puertas que se cierran. Hay gente que no vuelve.
Pero incluso ahí hay una salida. No siempre podés reparar eso, con esa persona, en esa escena. Pero todavía podés elegir no repetirlo. Todavía podés hacer algo bien después.
Ojalá no nos juzguen por el peor momento de nuestra historia, sino por la fuerza que mostramos cuando la vida nos da otra oportunidad… y elegimos no desperdiciarla.
Deja un comentario