El puente.

Es raro pensar que hay cosas en tu vida que te estrujan el pecho solo por saber que existieron. Ni siquiera tiene que estar pasando nada en ese momento específico. Te alcanza con recordar que estuvieron, que fueron posibles, que te tocaron.

No es drama. Es esa emoción seca, esa mezcla de alivio y “no puede ser”. Como cuando encontrás algo que no sabías que estabas buscando y, de pronto, te sentís menos solo en un lugar que no habías podido nombrar.

Yo creo que algunas cosas llegan para otra cosa. No para quedarse. Llegan para ayudarte a pasar de un lugar a otro, a uno un poco mejor. A veces aparecen cuando estás quieto de tanto aguantar, cuando venís sobreviviendo con lo mínimo. Te sostienen cuando estás medio doblado. Te dan un empujón que no pediste, pero que te hacía falta. Te recuerdan que todavía podés sentir.

Y cuando ya cruzaste… se van.

Y duele, claro. Duele porque uno se encariña con el puente. Entonces aparecen la bronca, la búsqueda del error, el “¿por qué no duró?”. Esa necesidad tan humana de negociar con lo inevitable.

Un puente no está hecho para que te quedes en él. Está hecho para llevarte a otro lado. Y cuando ya te llevó, aunque duela, cumplió su función.

Y un día te descubrís del otro lado. No mejor en todo. No curado. Pero un poco más firme. Con más aire. Con algo en vos que antes no estaba. Eso no borra la ausencia. Pero hace que el viaje tenga forma.

Deja un comentario