Hay pájaros, yacos, loros, que si los criás en cautiverio, por más que un día les dejes la puerta abierta, no se van. No porque no puedan. No porque estén atados. Se quedan porque lo conocido se les vuelve mundo. Porque lo cómodo, aunque sea chico, tiene la ventaja de no sorprenderte.
Y después están los que sí la ven. La puerta abierta, ahí. Clara. El aire fresco entrando. El espacio para volar. La salida. Y aun así no se van. Se quedan en el borde, como si la libertad fuera un precipicio. Porque afuera no hay rutina, no hay paredes conocidas, no hay “se hace así”. Afuera hay incertidumbre, y la incertidumbre da miedo.
Lo perverso de las jaulas no son los barrotes. Es lo que te enseñan a creer sobre vos. Porque muchas veces la jaula ni siquiera se nos impuso: la fuimos construyendo nosotros. A mano, con cosas que nos dijeron otros. Frases tiradas como sentencia: “no podés”, “sos un inútil”, “nunca vas a ser nada sin mí”. Y un día ya no hace falta que te lo digan: te lo decís vos. Con tu propia voz.
Hasta que pasa algo. Puede ser una conversación, una pérdida, un límite que por fin ponés, o una mañana cualquiera en la que algo se acomoda, y lo ves.
Sos libre. Siempre fuiste libre.
Nada ni nadie puede sacarte tu libertad. Solo vos. El momento en que finalmente ves la puerta por lo que realmente es. Y dejás de pedir permiso para vivir.
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