La orilla no se explica.

Hay gente que te suelta. Te suelta y se va, como si no pasara nada, como si te dejara en una pileta y no en el medio del océano. Y vos quedás ahí, sin piso, con esa mezcla rara de estupor y frío, tratando de entender qué carajo acaba de pasar mientras el cuerpo ya está haciendo lo único que puede: seguir.

Y sí, desde afuera, a veces no se nota. Desde afuera parece que “te la bancaste”, que “pasó”, que “ya está”. Pero adentro hay otra cosa. Adentro es sal en la garganta, es un cansancio que no se explica, es esa sensación de estar peleando sin testigos. Porque el mar no te pregunta si estás listo. No te da un tutorial. Te traga o te deja pasar, y en el medio vos aprendés cosas que no querías aprender.

Pasa el tiempo y aparece lo más perverso: quieren saber. Te escriben, te miran, te preguntan qué pasó, qué hiciste, cómo saliste. Preguntan con esa curiosidad prolija, como si lo que te pasó fuera una anécdota que les falta para completar la foto. Y ahí es donde te das cuenta: hay gente que confunde cercanía con derecho.

Porque en el medio del agua no se “aprende”. En el medio del agua se sobrevive. Se aguanta. Se inventa fuerza donde no había. Y te volvés más silencioso. Más selectivo. Aprendés a no mandar ese mensaje. A no buscar. A no mendigar claridad donde ya te demostraron que no la iban a dar.

Entonces que no vengan a pedir explicaciones. El que te abandona en el medio del océano pierde ese derecho. Y vos, con lo que tuviste que hacer para seguir vivo por dentro.

Si hoy estás en la orilla es para respirar. Para acomodarte. Para mirar al mar desde lejos y saber, con una tranquilidad rara, que ya no te hunde igual.

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