Hay gente a la que el amor le cae como una costumbre. Como la luz del living. Como el pan en la mesa. Está ahí, siempre. Te lo dan sin que tengas que demostrar nada, sin que tengas que ser impecable, sin que tengas que ganar una discusión interna cada vez que pedís un abrazo. Te lo dan y listo.
Pero a otros no les toca eso.
A otros el amor no se lo sirven como algo elegante, prolijo, obvio. Les toca aprender a reconocerlo en versiones pobres. En restos. En gestos cortitos que dejan más preguntas que respuestas. Les tocan lecciones donde uno aprende temprano a no pedir demasiado, a no molestar, a no hacer ruido, a bancársela, a volverse fuerte. Pero nadie habla del precio: esa fuerza se hace con hambre.
Con hambre emocional.
Y el hambre es una cosa rara, porque no se ve. Nadie mira y dice «Tiene hambre de cariño». Miran y ven que funciona. Que labura. Que tira chistes. Que entrena. Que está. No ven al que, cuando se apaga la casa, queda un rato mirando el techo como si ahí estuviera la respuesta.
Entonces aprende a hacer lo que haya que hacer para no sentir ese vacío. Se llena con cosas. Con metas. Con control. Con ruido. Con velocidad. Con gente. Con noches. Y por afuera parece alguien que sabe lo que hace. Por dentro, muchas veces, es alguien tratando de no romperse.
Porque cuando no te dieron amor fácil, la cabeza empieza a asociar el amor con algo que duele. O que cuesta. O que se paga. Y después, cuando aparece alguien que quiere bien, no siempre se sabe qué hacer con eso.
Pero cuando se aprende a ver el patrón, ahí cambia todo. Ahí se deja de mendigar. Ahí se empieza a elegir. Ahí se entiende que el amor real no es una prueba, no es un premio, no es un contrato escondido. Es algo que hace bien sin humillar. Algo que suma sin dejar chiquito. Algo que no pide que uno se rompa para merecerlo.
«Cuando no te dan amor en cuchara de plata, aprendés a lamerlo de los cuchillos»
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