No todos los que vagamos estamos perdidos.

Llega un momento en el que uno deja de explicarse. No porque ya tenga todas las respuestas, sino porque se cansa de justificarlas. De explicar por qué camina solo, por qué se fue de ciertos lugares, por qué tomó distancia de personas o situaciones que para otros parecen normales, incluso necesarias. No es rebeldía ni una pose orgullosa. Es algo más silencioso y más profundo: la necesidad de encontrar aquello que de verdad resuena. Sin ruido alrededor. Sin actuar para nadie. Sin máscaras.

No todos están buscando lo mismo, aunque a veces finjan que sí. Hay quienes necesitan estructura, previsibilidad, un camino marcado con señales claras que confirmen que van bien. Y después están los otros. Los que nunca terminan de encajar del todo. Los que sienten más de lo que les gustaría, los que perciben cosas que no saben cómo explicar, los que escuchan algo distinto en medio del mismo paisaje. Esos no pueden quedarse quietos mucho tiempo. Necesitan ir más lejos, probar otro rumbo, elegir un camino que no está validado por nadie. Incluso equivocarse, pero hacerlo por cuenta propia.

No es un proceso cómodo. Hay momentos en los que no sabés si te estás armando o desarmando. Días en los que sentís que ya deberías haber llegado a algún lugar, a algún estado definitivo, a una versión más estable de vos mismo. Y sin embargo no pasa. Lo que pasa, con el tiempo, es otra cosa: empezás a entender que no existe un único destino. Que moverse también es una forma de estar vivo. Que eso que desde afuera parece deriva, indecisión o pérdida de rumbo, muchas veces es el único camino honesto.

Seguir caminando sin tener todo claro es una forma de lealtad. No hacia una idea, ni hacia una promesa ajena, sino hacia uno mismo. Hace falta coraje para no conformarse con lo que otros esperan. Para quedarse cuando hay amor y retirarse cuando no lo hay, aunque duela. Para soportar la duda, el frío, el silencio. Para caminar sin testigos, sin aplausos, sin garantías de que valga la pena.

A veces no hay respuestas. O no las que uno quisiera. Tal vez nunca haya una explicación cerrada, una conclusión prolija que ordene todo. Tal vez caminar, incluso sin llegar al lugar que creías buscar, sea mejor que quedarse quieto fingiendo que estás a salvo.

Porque, al final, a través del frío y de la intemperie, aparece una certeza mínima pero suficiente: no todos los que dudan, no todos los que vagan, no todos los que se alejan, están perdidos. Y aunque el costo sea alto, aunque haya tristeza en el camino, seguir andando sigue siendo una forma de estar fiel a lo que uno es.

Deja un comentario