Te querés ir.
No es «quiero viajar», no es «quiero vacaciones». Es irte como quien apaga una computadora que quedó colgada. Irte de la gente, de las obligaciones, de la ciudad, del ruido. Entonces aparece esa fantasía medio básica pero efectiva: campo, mar, montaña. Un lugar donde no te llegue nada, donde nadie te pida nada, donde puedas ser un silencio. Pero no te persigue el lugar. Te persigue la cabeza.
Podés estar mirando el mar y aun así estar peleándote por dentro, podés estar en el campo y sentir el mismo peso, porque el ruido no está en la calle: está en lo que pensás de la calle. Y eso viaja con vos como una valija que no se pierde nunca. Por eso hay que aceptar algo que no es lindo: si querés descanso de verdad, no lo vas a encontrar afuera. Lo vas a tener que aprender adentro.
Adentro hay un territorio chiquito, como una habitación escondida. No es mágico, no te recibe con velas ni con música. Es incómodo, porque ahí estás vos, sin distracciones, sin excusas, sin show. Y aun así es el único lugar donde, cuando entrás, se calma algo real.
A veces no necesitás una teoría, necesitás dos frases, dos claves simples. Una: lo de afuera no te toca si no lo dejás entrar. Dos: todo cambia. Todo se mueve. Todo se va. Y sí, lo sabés, lo viste, lo viviste mil veces, pero te olvidás y actuás como si este dolor fuera la sentencia final del universo.
Cuando volvés a esas dos cosas, se te baja el incendio. No desaparece la vida, pero desaparece esa urgencia animal que te hace reaccionar como si estuvieras defendiendo tu vida en cada conversación.
A veces el cuerpo se mete y te traiciona: te sube la ansiedad, te aprieta el pecho, te acelera la respiración. Hasta que te acordás de que podés dar un paso atrás adentro tuyo, mirarlo desde otro lugar, no confundir «estoy temblando» con «soy un temblor».
Entonces, cuando vuelve el impulso de huir, lo escuchás distinto. A veces no necesitás irte. A veces necesitás volver. Volver a vos, a ese territorio interior, cerrar la puerta un segundo, ordenarte lo mínimo, respirar. Y recién ahí salir de nuevo. Como humano.
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