Pasó el tiempo y no se alió nada, no te olvidaste de nada. Vos no te olvidás nunca. Vos te acordás de todo, incluso de lo que te gustaría no haber sentido. Y encima te levantás con esa sensación de “soy el mismo de siempre”, como si eso fuera una condena.
No.
Aprendé a decirle “fuck you” al mundo, aunque sea una vez. No para hacerte el malo: para que la mierda deje de volver para adentro. Porque si no se lo decís al mundo, te lo terminás diciendo a vos. Y ahí empieza el desfile: pensar, dudar, mirar por encima del hombro, corregirte, castigarte, rumiar, hacerte preguntas que no tienen premio. Te gastás como una piedra en el bolsillo.
Y lo más perverso es que te convencés de que estás “trabajando”, cuando en realidad estás evitando. Estás haciendo ese arte invisible: el arte de no hacer. El arte de buscar una razón perfecta para recién ahí empezar. Como si la vida te debiera un manual. No te lo debe.
Hacé cosas raras. Hacé cosas que no expliquen nada. Hacé nonsense real. Más locura, más lo que te da vergüenza, más humor tuyo, ese humor raro que te sale cuando no estás cuidando la imagen. Que sea tu mundo. Tu propio universo.
Y cuando venga el miedo —porque siempre viene— no lo discutas. Usalo. Dibujálo. Escribílo. Pintálo. Hacé que el miedo trabaje para vos. Que la ansiedad tenga forma, no discurso.
No sos responsable del mundo. No tenés que justificar nada, ni siquiera ante vos. Hacélo.
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