Desde el momento en que nacemos, somos libres.
No como una consigna, no como una idea linda, sino como un hecho. Esa libertad existe antes de que sepamos nombrarla, antes de que entendamos el mundo, antes de que alguien intente decirnos qué lugar nos corresponde. Está ahí desde el principio.
Y desde el momento en que nacemos, también habrá quienes intenten negarnos esa libertad.
Lo harán con palabras, lo harán con reglas, lo harán con fuerza. Algunos lo harán convencidos de tener razón, otros simplemente porque pueden. No importa qué tan fuertes sean ni cuánta autoridad crean tener. La fuerza nunca fue suficiente para borrar lo esencial. Sirve para imponer miedo, no para anular lo que ya existe.
Somos libres no como una promesa, ni como un refugio, ni como algo que se alcanza al final del camino. Somos libres aun cuando el camino no es justo, aun cuando no hay garantías, aun cuando avanzar implica riesgo.
La libertad no es un premio. Es algo con lo que se nace y que solo se sostiene peleando.
El mundo no promete nada. No garantiza finales justos. Y aun así, eso no invalida la elección.
El miedo no cancela la libertad. La tristeza no la elimina. El dolor no la borra. Todo eso existe igual. La diferencia no está en evitarlo, sino en qué hacés frente a eso cuando aparece.
Por eso peleamos. No como un acto heroíco ni como una declaración moral. Peleamos porque es la única manera de tener una oportunidad. Porque todo lo difícil, lo triste, lo doloroso, va a estar ahí igual, peleemos o no.
Si ganamos, vivimos. Si perdemos, morimos. Pero si no peleamos, nunca tuvimos la posibilidad de ganar.
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