Cierre.

No todo lo que termina mal se cierra mal.

A veces lo que queda abierto no es la historia, sino algo interno que se desacomodó en el camino.

Hay situaciones en las que uno se abre de verdad. No por impulso, no por necesidad, no por idealizar al otro. Se abre porque decide hacerlo. Porque confía. Porque baja defensas que no baja seguido. Y cuando eso no es cuidado como hacía falta, lo que duele no es solo el final, sino el lugar desde el que se llegó hasta ahí.

En esos casos no aparece la tristeza primero. Aparece una especie de bronca seca. No violenta, no ruidosa. Una bronca que no quiere revancha ni castigo, pero que señala algo con claridad: esto no estuvo bien.

Lo más incómodo es que, aun sabiendo que no hay vuelta atrás, el cuerpo reacciona. No porque quiera volver, sino porque recuerda. Recuerda un estado, una forma de estar, una versión propia que estuvo más abierta de lo habitual.

Cerrar no es negar eso ni borrarlo. Tampoco es perdonar a la fuerza ni encontrarle un sentido positivo a todo. Cerrar es ordenar. Es entender que lo que se rompió no fue el vínculo en sí, sino un acuerdo implícito de cuidado que no se sostuvo.

Llega un momento, poco épico, bastante silencioso, en el que uno deja de esperar que la historia sea distinta. Ahí el cierre no es una emoción. Es una decisión interna, casi práctica.

La apertura no fue el error. El error fue confundir intimidad con ceder el propio centro.

Cuando eso se acomoda, la bronca empieza a bajar sola. El recuerdo queda, pero pesa menos. Deja de ordenar todo alrededor suyo. Y el espacio interno vuelve, de a poco, a sentirse propio.

Cerrar no es olvidar lo que pasó. Es poder recordarlo sin desarmarse.

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