Es fácil amar en los días buenos. Amar cuando todo está bien, cuando no hay roces, cuando nadie duele, cuando el vínculo fluye sin resistencia. En esos momentos el amor no pesa, no exige, no incomoda. Casi cualquiera puede amar así. No hay mérito en quedarse cuando todo es cómodo.
El amor verdadero empieza cuando el clima cambia. Cuando llegan los días fríos. Cuando el otro falla, cuando decepciona, cuando dice o hace algo que rompe la imagen que tenías. Ahí aparece la pregunta silenciosa: ¿me quedo o me voy?
Porque amar cuando el otro brilla es simple. Pero amar cuando no lo merece, cuando se equivoca, cuando lastima, cuando se muestra torpe o pequeño, eso ya es otra cosa. Eso ya no tiene que ver con lo que recibís, sino con quién sos.
El otro amor es distinto. Es el que no se va cuando el otro no da lo que querés. El que entiende que a veces amar no es conceder, sino marcar un límite. No es decir que sí, sino decir no cuando hace falta. No es dar placer, sino dar cuidado.
Amar así no garantiza nada. No asegura que el otro cambie, ni que entienda, ni siquiera que se quede. Muchas veces no devuelve nada. Ni palabras, ni gestos, ni alivio.
Pero también deja algo claro. Que el amor, cuando es real, no depende del clima. No aparece solo cuando todo funciona ni desaparece al primer invierno. Se ama porque se ama. Y eso, para bien o para mal, no habla tanto del otro como de uno mismo.
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