Entre dos sombras.

Hay momentos en los que uno termina viviendo en territorios que no entiende del todo, pero que lo desgastan igual. No hace falta una tragedia para que algo duela: a veces basta con alguien que dice querer, que promete sinceridad, que se muestra disponible… mientras deja otra puerta abierta. No siempre es maldad; muchas veces es indecisión, inmadurez, miedo. Pero el resultado es el mismo: quedás atrapado en una zona donde sos suficiente para el deseo, pero no suficiente para la elección.

La mayoría de nosotros creció con la idea de que el amor es algo claro, limpio, definido. Que si alguien te quiere, lo vas a notar. Pero la realidad es menos romántica. El amor, cuando no se define, se vuelve sombra. Una sombra tibia, suave, cómoda por momentos, pero que no sostiene nada.

No hace falta traición para quebrar a alguien. A veces es suficiente con la ambigüedad del otro, con esa especie de presencia ausente que promete pero no concreta. La espera, en estos casos, es una forma de violencia que nadie reconoce como tal. No grita, pero corroe.

La verdad, aunque nadie la diga en voz alta, es simple: no hay ningún mérito en aferrarse a lo que lastima. Solo te convierte en alguien que se está gastando a sí mismo para sostener algo que no se sostiene.

Porque entre dos sombras no se vive. Apenas se sobrevive. Y salir de ahí, aunque duela, es el primer paso que te devuelve al camino donde volvés a ser vos.

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