La teoría del tren equivocado habla de esos momentos en los que uno cree haber encontrado el camino correcto: la persona indicada, el trabajo soñado, la ciudad perfecta. Te subís con esperanza, con el corazón lleno de planes. Sentís que llegaste, que esta vez sí.
Pero algo empieza a cambiar. No se nota enseguida. Se filtra de a poco, en los detalles: en la rutina que ya no entusiasma, en un silencio incómodo, en esa intuición leve de que algo no está en su lugar. Y vos, como cualquiera, tratás de resistir. Te decís que es normal, que los comienzos siempre se transforman. Fingís no ver las señales, porque pensar en bajarte del tren aterra.
Así pasan los días. Te aferrás a lo que fue, esperando que vuelva. Hasta que un día te mirás en el reflejo y no te reconocés. Te das cuenta de que, en el intento por hacer funcionar algo que ya no te hace bien, te fuiste perdiendo a vos mismo.
Y quizás, solo quizás, ese sea el sentido de todo. Porque a veces, para encontrarte, primero tenés que perderte. Tenés que equivocarte de camino, de amor, de trabajo, de sueño, para aprender a soltar.
Una amiga me dijo: “Los lunes hay que publicar cosas alegres.” Y me quedé pensando en eso. En cómo atamos la alegría al brillo, al éxito, a la calma. Como si solo pudiera existir donde nada duele. Pero a veces la alegría aparece justo en medio del dolor. Hay belleza ahí. Una belleza que también merece compartirse.
¿Existen los trenes equivocados, o solo caminos que necesitaban ser recorridos? Tal vez la forma de saberlo llegue tiempo después, cuando te bajes, vuelvas a sentir el aire y mires atrás con calma.
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