Hay verdades que no queremos aprender. Hacemos de cuenta que no existen, las suavizamos, las enterramos bajo todas las historias que nos contaron de chicos. Historias sobre justicia, sobre bondad, sobre el esfuerzo que siempre encuentra su recompensa. Pero el mundo tiene su propia forma de enseñar, y tarde o temprano nos obliga a tragar esas verdades.
Podés ser sabio, podés ser creativo, podés ser confiable. Podés creer que la honestidad es un escudo, que el esfuerzo paga, que la decencia protege. Y sin embargo, nada de eso importa cuando te enfrentás a los que conocen las reglas reales. No las escritas en los libros. Hablo de las otras, las que se susurran en la oscuridad. Los atajos, las traiciones, las mentiras afiladas como cuchillas.
Los criados en las sombras. Ellos no dudan, no titubean, no sangran como vos. Mientras vos todavía te preguntás si es justo, ellos ya reclamaron su parte.
Esa es la verdad de este mundo: la bondad sola es frágil. La inocencia arde rápido. Y creer que todos juegan el mismo juego es la forma más segura de perder.
Ser o no ser, la pregunta que nadie ha sabido responder. Si es más noble caminar entre lobos sin olvidar que no somos uno de ellos, mantener las manos limpias en un mundo que respira cenizas. O caminar tanto tiempo entre ellos que el aullido se vuelva nuestra propia voz.
Al final, al mundo no le importa quién sos —sólo en qué te convertiste.
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