Si quiere, lo hace. Así de simple. No hay mucho más que decir, aunque a veces nos esforcemos en armar teorías para explicar lo que, en el fondo, ya entendimos. Porque cuando una persona realmente quiere estar en tu vida, aparece. Se hace presente, busca la manera. Llama, escribe, se acerca. Hace tiempo, aunque tenga poco. Hace espacio, aunque esté lleno.
La gente no es tan complicada como le gusta aparentar. Lo complicado empieza cuando uno no quiere aceptar lo evidente. Cuando alguien te quiere, lo sentís. No hace falta andar interpretando silencios, ni adivinando intenciones, ni leyendo entre líneas. Cuando no te quieren, en cambio, te sentís perdido, confundido, fuera de lugar.
Hay una verdad que duele, pero también libera: si estás parado preguntándote en qué parte de la vida de alguien encajás, la respuesta es que no lo hacés. Porque el que te quiere dentro, te lo deja saber sin que tengas que pedirlo.
El que te duda, en cambio, te deja la puerta entreabierta. Lo justo para que sigas mirando, para que no pierdas la esperanza, para que te quedes girando en círculos. Pero ya decidió. Solo que no te lo dice.
Te toca a vos cerrar esa puerta. No por orgullo, sino por amor propio. No hay que correr detrás. No hay que suplicar. No hay que esperar que un fantasma vuelva a hacerse cuerpo.
Algunos se van sin irse del todo, y otros se quedan sin realmente estar. Y en el medio de ese limbo afectivo, uno se va apagando. No es que no te quieran. Es que no te quieren lo suficiente.
Deja un comentario