Hay cosas que no se pueden desver. Una vez que las viste, una vez que las sentiste en la piel, en los huesos, en la garganta cerrada de bronca que no baja con agua… ya está. Se te quedan. Y no podés hacer como si no existieran. No podés seguir como si nada. No podés fingir costumbre frente a la injusticia solo porque es vieja.
Porque hay injusticias que no son nuevas, pero duelen como si lo fueran cada vez que las ves. No porque querés tener razón. Sino porque sabés, con una certeza que se te clava como astilla en el alma, que así no debería ser. Y sin embargo, pasa. Y pasa hace tanto que algunos ya aprendieron a convivir con ello. Le pusieron nombre, lo justificaron, lo llamaron normal.
A veces te dicen que es así, que hay cosas que no se pueden cambiar. Que ya fue. Que dejes de pelearte con molinos. Pero no es por capricho. Es que lo ves. Lo sentís. Y no lo podés tragar.
Y es como que no querés, no podés callarte. Tenés que decirlo. Tenés que pelearlo. Y no importa que te miren mal, y no importa que después te quedes mal vos. Tiene que salir. Y cada vez que ves que la gente no lo entiende, te frustrás cada vez más. Pero a la vez, tampoco podés parar de pelear por ello.
Porque sabés que callarte sería lo mismo que traicionarte. Sería mentírte. Y ya hay suficiente mentira allá afuera como para que también te la tragues vos. Todavía te importá. Eso ya es un acto de rebeldía.
“Benditos sean los que arden y aún así intentan cubrir del fuego a los demás.”
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