El orgullo es, muchas veces, la primera capa que se forma cuando algo nos duele. No siempre aparece como soberbia ni como esa imagen exagerada de alguien que se cree más. A veces es apenas un silencio que se instala, una distancia que crece, una decisión de no mostrar las heridas que no se ven. Porque mostrarlas implicaría dar demasiado. Implicaría arriesgarse otra vez a que no las entiendan, a que no las cuiden, o peor, a que las usen en contra.
El orgullo no siempre grita. A veces se esconde detrás de respuestas cortas, de la falta de mensajes, de no extender la mano por temor a que la rechacen. A veces es más miedo que soberbia. Temor a quedar expuesto. Inseguridad ante volver a poner algo en juego y perderlo de nuevo. Y entonces preferimos no ceder. No hablar. No intentar. Porque si no se hace nada, tampoco se pierde nada. Aunque en el fondo sepamos que esa quietud también es una pérdida.
Dicen que el dolor emocional y el físico activan zonas similares del cerebro. Y tiene sentido. Hay dolores que se sienten en el pecho. Otros se instalan en la garganta, en forma de palabras que no salen. Y están esos que se agarran a los hombros, que te hacen caminar más encorvado, como si el cuerpo entendiera que algo ya no se sostiene igual.
El orgullo llega a veces como anestesia. Porque si me muestro firme, si actúo como si nada me afectara, tal vez deje de doler. Pero el cuerpo lo sabe. Lo lleva puesto. Y el alma, en algún momento, también empieza a hablar. No siempre con palabras. A veces con insomnio, con ansiedad, con esa sensación de que algo adentro no termina de calmarse nunca.
No se trata de demonizar el orgullo. Pero sí de reconocer cuándo el orgullo que cree que nos protege en realidad nos está encerrando.
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