No todas se ganan.

No siempre escribimos para entender. A veces lo hacemos simplemente para no sentir tanto. Porque todos, en algún momento, estuvimos ahí: con todo lo que somos sobre la mesa, esperando que algo nos diga que tiene sentido seguir.

Hay momentos en los que no esperamos una respuesta concreta, sino algo más sutil: una señal, una mirada, una palabra, alguna grieta por la cual colarse para seguir insistiendo un poco más. Un centro al área, digamos. Cuando el corazón está involucrado, basta con una posibilidad, con un gesto, con algo que permita creer que todavía queda algo por sostener.

En la mitología nórdica hay una historia que refleja exactamente esa sensación. Hermod, uno de los hijos de Odín, se ofreció a cabalgar hasta el Hel cuando su hermano Baldur murió. Montó a Sleipnir y cabalgó nueve noches por caminos tan oscuros que ni los dioses se atreven a nombrarlos. Llegó hasta la sala de Hela y le rogó que le devolviera a su hermano. Hela le impuso una única condición: si todos los seres del mundo lloraban por Baldur, lo dejaría ir. Si uno solo se negaba, se quedaría en el Hel.

Hermod volvió con esperanza. Todos lloraron. Pero una giganta llamada Thökk se negó. Y así fue. Baldur no volvió.

Quizás eso es lo que más gusto amargo nos deje con el tiempo. El intentar todo, cruzar lo que haya que cruzar, poner todo lo que tenés. Y sin embargo, no alcanza. No porque no haya sido real. Sino porque hay cosas que no dependen de uno.

Porque no todas las batallas se ganan. Pero igual vale la pena pelearlas.

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