Un amor que transforma.

De chicos nos vendieron la idea de que el amor de nuestra vida es ese que nunca olvidamos. Ese amor perfecto, sacado de una película de Hollywood, que si volviera a aparecer, correríamos sin pensarlo. Un amor idealizado, con finales felices y reencuentros llenos de drama.

Pero a veces, la verdad es otra. El “amor de nuestra vida” no tiene por qué ser el mejor. No necesariamente es quien nos cuidó más o quien se quedó. Es, simplemente, ese amor que nos hizo descubrir hasta dónde podemos amar. Ese que nos desgarró y nos reconstruyó, que nos dejó vacíos y a la vez completos.

Tal vez ese amor lo dimos a alguien que no lo merecía. Tal vez fue a alguien que no supo qué hacer con él. Pero eso no cambia lo que significó. Ese amor no habla del otro, sino de lo que fuimos capaces de sentir, de lo que nos atrevimos a dar.

Y aunque dolió, también nos enseñó algo invaluable: que no siempre se trata de ser correspondidos. Amar de esa forma no fue en vano, porque nos reveló quiénes somos, de qué estamos hechos, hasta dónde podemos llegar cuando dejamos el miedo a un lado.

El amor más grande no siempre es el que se queda, sino el que nos transforma.

Deja un comentario