A veces no alcanza.

Me revienta la noción de que sin importar cuánto luches, cuánto te esfuerces, cuánto lo intentes, a veces es no. Nos enseñan que el esfuerzo siempre trae recompensas, que todo sacrificio vale la pena. Pero la realidad es distinta y muchas veces implacable.

Alguien cuida un jardín en medio de una tierra seca. Riega con dedicación, quita malezas, planta con esmero. Pero una helada inesperada puede marchitar todo su trabajo sin remedio. No hay consuelo en saber que hizo todo lo posible; la naturaleza no negocia, solo actúa.

Un artesano dedica meses a crear una obra única. La exhibe con orgullo, pero nadie la compra. El mercado es indiferente al talento y al esfuerzo; a veces, simplemente, no hay lugar para lo que se ofrece.

Dos personas comparten cartas durante años, soñando con un futuro juntos. Finalmente se reencuentran, pero lo que imaginaban ya no existe. El tiempo cambió sus vidas, y lo que antes parecía inevitable ahora es imposible. No siempre basta con querer; a veces el momento correcto se desvanece antes de que puedas alcanzarlo.

La vida no siempre responde al mérito ni a la dedicación. El esfuerzo no siempre basta porque el mundo no es un lugar justo ni predecible. No hay garantías, ni promesas, ni contratos con el destino.

Y sin embargo, seguimos. No porque esperemos una recompensa segura, sino porque rendirse significaría desaparecer. La lucha nos define incluso cuando parece absurda. No elegimos los golpes, pero podemos elegir levantarnos.

No es mucho, pero es lo que tenemos. Es lo que nos hace humanos.

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