La noche, a veces, es un campo de batalla: pensamientos, recuerdos y fantasías giran en un bucle eterno, como escenas de una película sin fin. Una película muda, con un público que no festeja, que no llora, que solo observa. Y en esa quietud ruidosa, uno se pregunta: ¿cuándo fue la última vez que descansé de verdad?
No hablo solo del cuerpo. Hablo de ese descanso profundo donde la mente suelta todo: los pendientes, los miedos, las preguntas sin respuesta. El tipo de descanso que no se mide en horas de sueño, sino en cómo te sentiste al despertar. Liviano. Presente. Vos.
Porque a veces dormimos, pero no descansamos. Cerramos los ojos, pero la mente sigue corriendo. Y cuando suena el despertador, no es el cuerpo el que está cansado: es el alma.
Esta noche, mientras el mundo duerme, te escribo desde ese lugar inóspito que todos conocemos y pocos confesamos: la madrugada del insomnio. Ese espacio donde los pensamientos se vuelven más grandes, las dudas más profundas y las emociones, más reales.
Y en vez de luchar contra eso, quiero abrazarlo. Porque esta incomodidad, este grito silencioso de la madrugada, también es parte de lo que somos. No hay que escapar de ella. Hay que escucharla.
Quizás lo que nos desvela no es el problema en sí, sino la resistencia a mirarlo de frente. Y tal vez el primer paso para descansar sea, justamente, dejar de correr.
Así que si esta noche el sueño no llega, no te pelees con él. Sentáte con tus pensamientos. Escribílos, si podés. Déjalos fluir. Porque a veces, el grito de la madrugada es la forma que tiene el alma de pedir que la escuchen.
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