Los Libros que nunca leí.

Tengo libros repartidos por toda mi casa. En el escritorio de mi oficina, en la biblioteca, en la mesa de mi habitación, algunos con las páginas amarillentas, otros nuevos, con esa dureza que presentan al nunca haber sido abiertos. Los había comprado en esos momentos en que buscaba algo que resonara, algo que, al leerlo, me hiciera encontrar sentido a lo que en mi vida estaba sintiendo.

Pero ahí seguían, apilados, esperando su turno. Los había dejado en diferentes rincones, para verlos y, de alguna forma, obligarme a leerlos. No porque no quisiera hacerlo, sino porque estaba demasiado perdido en mí mismo, bloqueado, sin saber bien por dónde empezar a encontrarme.

Hoy los miro distinto. Ya no son un recordatorio de lo que no hice, sino una promesa de lo que está por venir. Con cada vuelta de página, voy a recuperar un poco del tiempo que creí haber malgastado. “El tiempo no se pierde, se transforma”, me repito.

No es que no supiera que debía rescatarme; siempre lo supe. El problema era que estar perdido me daba una excusa, un refugio, una razón para no actuar. Me bloqueaba, me mantenía paralizado, como si al admitir mi propia confusión me permitiera evadir la responsabilidad de salir de ella.

Los libros siguen ahí, no como una tarea pendiente ni como una obligación, sino como una puerta abierta. Al abrir el primero, supe que era el comienzo de algo diferente.

“Quizás, al final, estar perdidos es cuando más cerca estamos de encontrarnos.”

Deja un comentario