Una mente ansiosa.

Dicen que los ansiosos viven en el futuro, un futuro fabricado de imaginar cada una de las situaciones que podrían llegar a pasar. Y, al expresarlo así, cualquiera pensaría que tienen todas las respuestas, que están preparados para enfrentar cualquier cosa. Lejos de eso. Porque en la realidad, la ansiedad no te prepara, te paraliza. Te hace creer que estás previendo todo, pero lo único que hacés es quedarte atrapado en un sinfín de escenarios que nunca suceden.

Hay días en los que la cabeza no para. Te ponés a pensar en cosas que ya pasaron, en decisiones que no tomaste, y te decís: “Ojalá lo hubiera hecho”. Es como un remolino interno que te arrastra, que te lleva una y otra vez a esos momentos que ya no podés cambiar, pero que, por alguna razón, no podés soltar.

Quizás lo que más pesa son las palabras no dichas. “Tendría que haber dicho eso”, te repetís, como si al decirlo ahora el alivio llegara por fin. Las palabras no dichas te comen vivo. Te las guardás convencido de que no era el momento, que mejor callarse. Y después te das cuenta de que el momento era ese, el que dejaste pasar.

Supongo que la ansiedad es eso. Te mantiene atrapado entre lo que fue y lo que podría haber sido. Te hace pensar que, si hubieras sido más valiente, si hubieras hablado, o si los otros hubieran hecho lo que esperabas, todo sería distinto. Y cuando el torbellino pasa, lo único que queda es esa sensación de incompletitud.

Al final, todo se resume en esos momentos que dejamos pasar, esas decisiones que no tomamos, esas palabras que no dijimos. Buscamos respuestas en lugares que ya no existen, en sentimientos que ya no están, en personas que ya no son las mismas.

“La ansiedad no evita las tristezas del mañana, solo te deja sin fuerzas hoy.”

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