Bajo el mismo cielo.

Quizás lo positivo de tener el sueño tan errático sea que me permite encontrar el tiempo para pensar, escribir, y trabajar lo que, irónicamente, sea lo que me quite el sueño.

Hace demasiado que no escribo acá. Y no es porque no haya tenido cosas para decir, sino porque no encontré las palabras exactas, o el momento, o las ganas. A veces las tres cosas juntas. Pero hoy, a las tres de la mañana, con el fondo de la noche como único testigo, siento que es el momento.

Hoy quiero hablar de algo que me parece fundamental y que, en mi caso particular, me costó muchísimo entender: que todos, de una u otra forma, miramos el mismo cielo. No importa dónde estemos parados, no importa lo distintos que seamos, todos levantamos la vista y vemos las mismas estrellas, la misma luna, el mismo sol.

Pero lo que cada uno ve en ese cielo es completamente diferente.

Algunos lo miran con esperanza, otros con miedo. Algunos encuentran respuestas, otros solo preguntas. Para algunos es un recordatorio de lo pequeños que somos; para otros, de lo infinitos que podemos llegar a ser. Y eso no está mal. Esa diferencia no es un problema a resolver, sino una riqueza a celebrar.

Durante mucho tiempo pensé que si no podía hacer que el otro viera lo que yo veía, algo estaba mal. O en mí, o en el otro. Como si la conexión dependiera de ver exactamente lo mismo, de pensar exactamente igual, de sentir de la misma manera. Pero me fui dando cuenta de que no es así. La conexión real no viene de la identidad, sino del reconocimiento. Reconocer que el otro también levanta la vista. Que también busca algo. Que también tiene sus propias tormentas y sus propias calmas.

Eso es lo que nos une: no lo que vemos, sino el hecho de que miramos.

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