Un salto de Fe.

Sin dudas a todos nos ha sucedido no animarnos a dar un paso. Emprender ese viaje, tomar ese trabajo, animarnos a ese amor. Y siempre el responsable de ese camino no tomado es el mismo: el miedo.

El miedo es el asesino de la mente, y se presenta en distintas formas. Miedo a ser lastimados, miedo a no saber qué va a pasar, miedo a equivocarnos. Miedo, miedo, miedo. Vivimos en una era en la que sentir menos se percibe como algo bueno. Donde no arriesgarse, no sentir o no demostrar se considera algo sano y ‘cool’.

Hay una cita que lo explica de la mejor manera:

— ¿Qué es la confianza?
— Es permitirle a alguien que tenga la posibilidad de lastimarte.
— ¿Y por qué le permitirías eso a alguien?
— Porque estarías completamente seguro de que no lo haría.

Pero a veces sucede. A veces el dar esa confianza no termina en buen puerto, y la otra persona nos termina lastimando. Y eso genera en nosotros un mecanismo de defensa que nos hace alejarnos cada vez más de ese sentir.

En medio de donde estamos, y dónde queremos estar, se encuentra un vacío. Y para cruzarlo, tenemos que saltar. Darle el lugar a alguien en nuestra vida de la manera más íntima y profunda que existe, y a la vez, darle la posibilidad de que nos lastime. ¿Qué ejemplo más preciso de un salto de fe que ese?

Si no podemos confiar en el otro, si no nos animamos a dar ese paso, ese salto, nunca vamos a saber qué está del otro lado. Vivir así nos deja en un limbo sin emociones, sin riesgos. Sin realmente vivir. Y de qué vale la vida, si no nos animamos a vivirla?

Deja un comentario