Este escrito empieza, como mis favoritos suelen hacerlo, con una charla. Esta charla nace de ver un posteo de otro escritor, el cual decía lo siguiente: “No es con amor que construimos nuestra idea del amor. Sino con miedo.”
Cuando dice que armamos nuestra idea del amor con miedo, podemos asumir que se refiere a que la armamos con nuestros fantasmas. Estos pueden venir de muchos lados: crianza, experiencia propia y ajena. En esos fantasmas, el que más tenemos las personas en común es el fantasma del abandono. Todo, a fin de cuentas, se reduce al miedo a que el amor que estamos construyendo se vaya a derrumbar. Y en ese miedo es donde aparece la duda, la inseguridad, la desconfianza, los celos.
Supongamos que tu idea del amor es una casa. Esta casa se construye con los materiales y la ayuda de la persona que tenés al lado, a quien elegimos para crear ese hogar. Cuán fuerte y bien construida será esa casa dependerá de lo sano que sea ese amor. En esta metáfora, al miedo lo personifica el lobo. El lobo siempre aparece, tarde o temprano, y sopla para tirar la casa. Si lo logra, o no, dependerá de qué tan bien la hayan construido.
No importa que tan bien estés, qué tan sana sea tu mente en ese momento, que tan seguro estés de lo que valés. El lobo siempre va a estar ahí afuera, esperando.
El miedo es el asesino de la mente, y se apodera tan rápido de nosotros que no lo notamos hasta que es muy tarde. El único momento en el que realmente podemos ser valientes, es cuando tememos. El valor no es la ausencia del miedo, sino el poder enfrentarlo. Y siguiendo la metáfora, también podemos enfrentar al lobo. Podemos salir a ahuyentarlo, o podemos construir una casa tan sólida que ninguna cantidad de soplidos la tire.
La pregunta que nos queda es: ¿cómo construimos esa casa? Con honestidad, con comunicación, con confianza. Pero sobre todo, con el coraje de abrirnos al otro aunque tengamos miedo de que el lobo aparezca.
Deja un comentario