No tenia ni idea de cómo nombrar un escrito así. El canto de la ducha? ¿Pensamientos pasados por agua? Ok, si, ese último fue así de malo adrede.
Tampoco sabía muy bien cómo comenzar. Para muchos el ducharse es un momento de relajación, un momento para quizás para repasar los momentos del día, para reflexionar… y otros lo toman para cantar como si de un recital se tratase, hablándole a un público invisible que se mezcla con el ruido del agua chocando contra el suelo de la bañera. Ey, todos lo hemos hecho. Y siempre sonamos increíbles.
Y ahí me encontraba, ya limpio, simplemente mirando a la nada. Desperdiciando seguramente litros de agua que cualquier ambientalista me daría un sermón digno de mi vieja. Pero no podía hacer nada más que eso, quedarme mirando a ese punto fijo en el cual nuestra mente viaja sola, atacada por cientos de pensamientos e imágenes que a veces no podemos controlar y, muchas veces, nos cuesta volver a enfocarnos.
Tan perdido estaba que casi no sentí cuando se me empezaron a vencer las piernas. Así pasé de estar parado, mirando un punto fijo, a sentarme para mirar el mismo punto, con el agua ahora recorriendo mi cabeza, nublando mi vista. Aunque curiosamente, si hago memoria, creo que ya tenía la vista nublada desde mucho antes de entrar en la ducha.
Que habré estado buscando, o esperando, sentado ahí? Que el agua termine de limpiar lo que no había podido yo? Deseando que todo lo que sentía se vaya por la cañería y así, tan fácilmente, desapareciese?
Pero no es acaso lo que buscamos a veces? Simplemente dejar, por un breve momento, de sentir? Que parezca que el agua realmente nos está sacando ese dolor? De que todo lo malo, lo que duele, se vaya si limpiamos lo suficiente, arrastrado por el agua.
Lo hacemos con nuestros cuerpos, con nuestras casas, nuestras habitaciones. Buscamos limpiar una herida en el alma de todas las formas posibles. Pero por más que lo deseemos, el dolor no se limpia como si de suciedad se tratase. Eso lo hace el tiempo. Y el tiempo es implacable, avanza siempre, despojando todo a su paso, incluso el dolor.
Y la ducha queda reducida a un simple refugio hasta que ese tiempo pase, en el cual nadie nos ve, ni escucha. Un refugio en el que nuestro dolor y nuestras lágrimas se pierden junto con el agua, desapareciendo, como si de magia se tratase.
Deja un comentario