Despedidas.

“Poder decir adiós es crecer” debe ser la frase más trillada en la historia cuando hablamos del fin de una relación. Decimos eso como si, de alguna manera mágica, nos despedimos de esa persona y tenemos un salto de edad. Como si de un videojuego se tratase.

Pero la vida no es un videojuego. Y por más que considere que la expresión sea acertada, que despedirnos de algo que nos hace mal sea lo mejor, es algo mucho más profundo que solo decir adiós. Juntar el valor para alejarnos de algo que nos hace mal debe ser una de las cosas más difíciles que podemos hacer. Porque siempre va a haber una parte nuestra que nos diga “Puede cambiar”, “Hay que darle tiempo”, “Quizás el problema soy yo”.

Hay una escena de una gran película, muy bien adaptada al libro, en la que se da la siguiente conversación:

— ¿Porque es que las personas buenas suelen elegir a malas personas con las cuales estar?
— Aceptamos el amor que creemos merecer.

“Aceptamos el amor que creemos merecer.” La pregunta ahí sería, para aquellas personas que han estado o están en una relación que no los llena, ¿por qué creen que merecen ese tipo de amor? ¿Qué pecado piensan que han cometido, para merecerse estar siendo castigados de esa manera?

Un punto el cual hace que nos cueste alejarnos, que creo la mayoría no se da cuenta, es que no solo estamos diciendo adiós al otro. También nos lo estamos diciendo a nosotros mismos. Decimos adiós a esa parte de nuestra rutina diaria, a las conversaciones, los planes, proyectos, a la ilusión que nos hicimos y por sobre todo, le decimos adiós a nuestro yo que éramos cuando estábamos con esa persona.

Busquen ser mejores que ayer, en lo más mínimo que sea. Busquen avanzar sin esperar que les caiga la respuesta, o que se solucione solo. Todo lo solucionamos nosotros. Con esfuerzo, sudor y lágrimas.

“Lo que pasó, pasó.” Es una expresión de fe en la mecánica del mundo. No una excusa para no hacer nada.

Deja un comentario