Los caminos de la vida.

Hay una vieja frase que decía que Dios se reía de nuestros planes, pues el suyo era el definitivo y, sin importar lo que hagamos, no íbamos a movernos de ahí. Básicamente nos convertimos en una polilla, atraídos hacia una luz la cual no comprendemos, pero no podemos hacer más que volar hacia ella.

Así nos sentimos todos en algún momento de nuestra vida, no? Recorriendo un camino sin entender el porqué lo estamos haciendo. Solo se siente correcto. O quizás no, pero igual no podemos alejarnos de él.

Cuando se siente correcto, cuando lo sentimos en el corazón, en la boca del estómago, es hermoso. Nos sentimos bien, nos quita la ansiedad, nos motiva, los días parecen hasta tener más color. Uno pensaría que debería ser sencillo llegar a ese nivel de felicidad, no? Lamentablemente, no es así.

Y después tenemos el que sabemos no es el correcto, pero aun así nos quedamos ahí. No importan las señales, ya sea un amigo advirtiéndote, un familiar o incluso tu instinto. Por más que nos lluevan señales que nos digan “Alejáte” por algún motivo seguimos ahí. Esperando un cambio, un gesto, un… algo.

Y cuando este no llega, buscamos excusas. “No, porque pasa esto..”, “No, bueno, es entendible que sea así porque le pasó esto”, “No, él/ella es así, tengo que aceptarlo.” Y el peor de todos: “Quizás el problema soy yo”.

Hay personas que nos hacen dudar de nosotros mismos. Nos hacen dudar si somos suficientes, nos hacen dudar si no estaremos equivocados en nuestras decisiones, en nuestra forma de ver la vida.

Un amigo me dijo, muy sabiamente, que no podemos pelear contra quienes somos. Que si me nace hacerlo, que lo haga. Porque sino me iba a encontrar en una pelea constante entre quien soy, y quién quiero ser. Una pelea que, con total certeza, perdería en el primer round.

Pues esa llama sigue estando ahí y yo, como una simple polilla, consciente o inconsciente, vuelo hacia ella. Muriendo de ganas de quemarme.

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