Cuántas veces recordás haber dicho, o escuchado, la expresión “Es una lección de vida”? De nuestros abuelos, padres, algún que otro amigo más sabio para su edad, o para aquellos que se han animado, del psicólogo.
Hoy me encontré hablando de uno de mis escritos con una amiga, una persona cuya opinión significa mucho para mí. Que el destino lo hacemos nosotros, con nuestras decisiones, los caminos que elegimos. Marcamos nuestro destino girando a la derecha, en vez de a la izquierda, en esa calle que tomás todos los días. Y también el destino nos marca a nosotros, cuando caminamos por la calle y una rama se cae justo en el lugar donde habías pisado unos segundos antes. Como diciéndote “No es tu hora aún”.
Entonces, ¿qué lecciones nos deja esto? ¿Qué lecciones nos deja una relación? ¿Qué lecciones nos deja un desamor?
Tenemos aquellos que su librito sería que la vida es una lección constante. Que nuestra estadía acá es breve, y venimos a aprender para evolucionar nuestras almas y renacer en la próxima vida más sabios, más sanos, y mejores.
Y después tenemos el librito de aquellos que dicen que la vida es una sola. No hay reencarnación, no hay cielo o infierno, estamos acá para vivir al máximo y las lecciones de hoy son solo errores y no aprendizajes, prometiendo nunca volver a cometerlos. (Lo que también sería un aprendizaje, ¿no?)
Soy del primer grupo. Soy de aquellos que ven el destino manifestándose en pequeñas acciones, pero también que lo creamos con las decisiones que tomamos. Mi viejo era una persona con sobrepeso, que comía con sal, fumaba, y cuando tuvo sus primeras alertas, no hizo nada para evitarlo. Terminó muriendo de un infarto. ¿Elecciones, Destino? ¿Ambas?
Cuántos de ustedes han mirado al cielo pensando, rogando, no más lecciones? A todos en algún momento nos ha dolido tanto algo que, sin importar de qué grupo seas, sentís que no vale la pena. Pero acá estamos aún, recibiendo lecciones que no pedimos, de un destino que no entendemos, de una vida que, a veces, no queremos.
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